El ayuno no es sólo una mortificación, no es cuanto más sufres mejor, no se limita a la comida, ni se hace de cosas insignificantes y únicamente en días puntuales: el ayuno es una forma de ponerse en el lugar del hermano necesitado y avivar así nuestro amor a los demás. Visto con este enfoque, se entienden perfectamente las palabras del profeta Isaías y de Jesús que reprochan un ayuno vacío que busca la autosatisfacción de pensar “mira qué bueno soy: hoy ayuno”. No. El ayuno es la humildad de “darle al otro lo que es para ti”, privándote voluntariamente de alimento (y de otras cosas como tv, móvil, compras, fútbol, etc) a la vez que ejerces la misericordia con el hermano necesitado. En definitiva, el ayuno es una penitencia que engendra el amor perdido y, por lo tanto, te acerca a Dios, que te ama y quiere tu bien.